sábado, 18 de abril de 2009

GIGANTES EN EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA,
LA PAZ, BAJA CALIFORNIA SUR, NAVEGANTECALIFORNIO,JAFRA,
CAMPEONATO MUNDIAL DE FUTBOL SUDAFRICA 2010.

Sin embargo, Gómara que cuenta la misma anécdota señala:

"assi lo contabann ciertos chicoranos que se bautizaron, pero creo que decían esto por decir algo, que por aquella costa arriba hombres hay muy altos y que parecen gigantes en comparación de otros."

Pedro Mártir de Anglería menciona también un encuentro con gigantes en una isla sin nombre de la Línea Equinoccial, señalando que "eran más altos que los germanos y los de Panoia". Luego de enfrentarse con los españoles:

"... huyeron ellos (durante la noche) abandonando los lugares que habían ocupado. Se piensa que son razas abulantes como los escitas, que sin casa fija siguen con sus mujeres e hijos a los frutos de la tierra. Los que han medido en la arena las huellas de los pies de aquellos, afirman con juramento que tienen casi el doble que los pies de un hombre regular de nosotros."

En este fragmento comienzan a vislumbrarse algunos elementos recurrrentes en la aparición de los gigantes, como la medición de huellas como medio de calcular la estatura, ello daría lugar más adelante al nombre de patagones. La característica de transhumancia de estos pobladores envuelve en un aura misteriosa a la tribu, que es comparada con casos europeos.

Para la época en que se llega a México, la imaginación española y los asideros que la realidad prestaba a la tradición de los gigantes, se conjugó con los propios mitos que los indígenas tenían sobre seres humanos de gran tamaño. Herrera menciona una tradición local:

"... y quando estas naciones poblaban los antiguos chichimecas no hicieron contradición, antes se estrañaban y se escondían en las peñas; pero los que habitaban de la otra parte de la Sierra Nevada, se pusieron a defender la tierra a los Tlascaltecas: i como eran Gigantes, según sus historias, quisieron hechar a los advenedizos; pero los Tlascaltecas fingieron paz con ellos: i teniéndolos combidados a un gran banquete, les hurtaron las armas, i dieron en ellos, i los mataron. Y quanto a que cuanto a que fuesen gigantes, ia se ha dicho, que oi se hallan huesos de hombres de increíble grandeza."

Este tipo de leyendas que circulaban en el México indígena parecían comprobarse con algunos hallazgos como el que anota el inventario del Quinto Real de los Despojos de México donde se dice "algunos huesos de gigantes que se hallaron en Cuhuacán", o la mención que realiza Diego de Ordáz:

"En la bóveda de un templo encontró un pedazo de hueso del muslo de un gigante, raído y medio carcomido por la antiguedad."

Y que más adelante tendría Pedro Mártir en sus manos:

"... el licenciado Ayllón jurisperito y uno de los senadores de la Española, llevó aquel muslo a la ciudad de Victoria poco después que Vuestra Beatitud marchó de allí para Roma. Yo le tuve en casa algunos días: tienen de largo cinco palmos desde el nudo del anca hasta el de la rodilla, y de recio en proporción."

Además de estos encuentros se supo por aquella época gracias a ciertos soldados que regresaban del sur:

"...los que Cortés envió a las montañas del sur volvieron diciendo que habían encontrado una región habitada por hombres de esos (Gigantes) y en prueba de ello dicen que trajeron muchas costillas de los muertos."

Toda esta conjunción de pruebas e indicios debe haber creado la idea prácticamente por todos aceptada de la existencia de aquellos seres en México. Encontramos así epístolas entre Fernández de Oviedo y el Virrey de Nueva España don Antonio de Mendoza, en las que se discute el origen de estos gigantes, sus parecidos y lugares donde se encuentran.

"Cuanto a lo que Vuestra Señoría dice de la relación que me enviaron de Venecia del origen de esa gente ser venida del Perú, e que tiene la opinión contraria , e que vino de la parte del norte, yo así lo pienso como lo dice Vuestra Señoría, e que esos de Nicaragua serían de la misma gente porque también son modernos, e los de la lengua Chorotega son los naturales; porque aunque hay muchas lenguas, estas dos parece que son las más generales; y desde ellos al levante no hay tales lenguas, a lo que yo he podido alcanzar."

Con la expedición de Magallanes y la búsqueda del Estrecho que permitiría cruzar del Atlántico al Pacífico y hallar la ruta por Oriente a la Especería. las Indias y el Catay, los españoles entraron en contacto con los patagones, tríbus nómadas y primitivas que llaman la atención entre otros motivos por su altura. Fernández de Oviedo menciona:

"... la una costa y la otra del Estrecho de Magallanes es habitada por gigantes a los cuales nuestros españoles les llamaron patagones por sus grandes pies; y que son de trece palmos de altura en sus estaturas y de grandísimas fuerzas, y tan veloces en el correr, como muy ligero caballo o más, y que comen carne cruda y el pescado asado y de un bocado de dos o tres libra, y que andan desnudos y son flecheros, y otras particularidades..."

Gómara describe el asombro mutuo que causó a los españoles y patagones su encuentro:

"Los indios se llegaron a la marina maravillados de tan grandes navios y de tan chicos hombres. Metíanse y sacábanse por el gargero una flecha para espantar los extrangeros, a los que mostraban, aunque dicen algunos que lo usan para vomitar estando hartos, y cuando han menester las manos o los pies. Tenían corona como clérigo..."

El primero en vivir entre los patagones fue el padre don Joan con algunos compañeros los cuales olvidados por los navíos, tuvieron que sobrevivir en tierras patagónicas. Al ser rescatados refirieron que:

"... e hallaron muchos ranchos e chozas de los patagones, que son hombres de trece palmos de alto, y sus mujeres son de la misma altura ... Dezia este padre don Joan, que el ni alguno de los cristianos que allí se hallaron no llegaron con las cabezas a sus miembros vergonzosos en el altor, con una mano, cuando se abrazaron; y este padre no era pequeño hombre, sino de buena estatura de cuerpo."

Estando más al sur, acomodados en una bahía cerca del Estrecho, la gente de Magallanes entró en contacto con los patagones de la región. Dice Herrera y Tordesillas:

"Al cabo de dos meses, que la armada estaba en aquella bahía parecieron seis indios, i llamaron, que querían ir a las naos de que la gente tuvo mucho placer. Fue el esquefe por ellos, y entrados en la Capitana, el General les mandó dar de comer una caldera de mazamorra, que hartara veinte hombres; pero los seis se la comieron toda, porque eran tan grandes, que el menor era maior, i más alto que el maior Hombre de Castilla... El siguiente día acudió otro con una danta: dixo que quería ser cristiano. Pusieronle por nombre Juan Gigante: i viendo echar a la mar ciertos ratones, dixo que se los diesen , que se los quería comer, i en seis días no hizo sino llevar a tierra quantos ratones se mataban, i al cabo no volvió más."

Intrigados por este contacto no vacilaron los españoles en entrar en la tierra y un grupo acompañado de algunos patagones llegó hasta sus aldeas:

"Vivían en ella (la cabaña) cinco gigantes y trece mujeres y muchachos; todos más negros de lo que requiere la frialdad de aquella tierra... Tomaron para traer a España la medida ya que no se podía la persona y tuvo once palmos de alto; dicen que hay de trece palmos, estatura grandísima y que tienen disformes los pies por lo cual les lleman patagones."

Gonzalo Fernández de Oviedo en su carta al Virrey de Nueva España señalaba que los patagones serían los que originaron esta raza de gigantes y que desde allí se habrían difundido a todo América. Al llegar a Perú los conquistadores entraron al igual que en México antiguas tradiciones referidas a la existencia de los gigantes. Especialmente interesante resulta el caso de los gigantes de la Punta de Santa Elena, donde las leyendas se confirman, a criterio del cronista, con la existencia de huesos al parecer humanos de dimensiones extraordinarias. Así ya en la temprana crónica de Diego de Trujillo se menciona que pasaron "a la Punta de Santa Elena a do estaban los huesos de los gigantes". Más adelante otro cronista de los primeros momentos de la conquista, Pero López, aunque confundiendo Santa Elena con una isla, por el tiempo de media entre los hechos y la redacción de su obra, nos dice:

"En esta isla de Santa Elena uvo jigantes y se ven casas grandes y edificios que hizieron espezial un pozo de mucha altura, el cual se entra por escalas como de... y los pasos uno de otro de un estado de hombre de ocho pies. Sus guesos de gran grandeza en sus casas y edificios parecen se hombres de grandes fuerzas. Fenezieron todos. Dizen los naturales queran todos varones y que las mujeres de la tierra no pidían tener ayuntamiento con ellos por ser extremos, el uno muy grande y el otro muy pequeño. Dizen los antiguos que llegaron allí, a su cuenta dellos, avrá zien años, y vinieron en juncos como galeras, aunque no de aquella hechura. Oi día ai maderos destos juncos en la isla y otras muchas antiguallas y cosas de sus manos hechas."

Apoyados en la existencia de los restos de los supuestos gigantes, los lugareños refirieron la historia a muchos de los que por allí pasaban convirtiéndose en una leyenda bastante conocida ya que es mencionada con algunas variantes por un buen número me cronistas, entre los que tenemos a Cieza de León, Fernández de Oviedo, López de Gómara, Zárate, Garcilaso, Gutiérrez de Santa Clara, etc. Es interesante señalar que la leyenda inicial que a mi parecer debe haber sido relatada originalmente de una forma similar a la de la versión de Pero Sancho, fue tiñéndose de contenidos occidentales. El caso puede ser interesante para estudiar el surgimiento de la creencia sobre un tema fantástico, tal vez en otras leyendas semejantes se pueda encontar un proceso similar al que veremos. Cuenta Garcilaso sobre esta historia:

"... será bien demos cuenta de una historia notable y de gran admiración que los naturales della por tradición de sus antepasados, de muchos siglos atrás, de unos gigantes que dizen fueron por la mar a aquellas tierras y desembarcaron en la punta que llaman Santa Elena: llamáronla así porque los primeros españoles la vieron en su día..."

Zárate cuenta:

"Junto a la punta dicen los indios de la tierra que habitaron unos gigantes cuya estatura era tan grande como cuatro estados de un hombre mediano. No declaraban de qué parte vinieron."

Gutiérrez de Santa Clara, quien nos proporciona la versión más elaborada, señala que:

"...cuando reinaba Topa Inga yupangue, que estando aquella tierra de paz se alborotó toda ella con la llegada que hicieron mucha cantidad de indios gigantes, que eran de disforme altura y grandeza. Y que estos tales vinieron en unas barcas o balzas muy grandes, hechas de cañas y maderas secas, los cuales traían unas velas latinas triangulares, de hacia la parte donde se pone el sol y de hacia las Islas Malucas o del Estrecho de Magallanes..."

Y añade más adelante:

"Dieron cuenta estos gigantes a los naturales de estas tierras de como habían salido de unas islas y tierras muy grandes que están en la mar austral hacia el poniente, y que fueron hechados dellas por un gran señor indio que allí había, que eran tamaños y tan grandes de cuerpos como ellos. Y además de esto, que habían navegado por la mar muchos días a remo y vela, y que cierta tormenta y borrasca los había echado en aquellas partes..."

Cieza de León, señala sobre su tamaño:

"... que tenían tanto uno de ellos de la rodilla abajo como un hombre de los comunes en todo el cuerpo, aunque fuese de buena estatura, y que sus miembros conformaban con la grandeza de sus cuerpos, tan disformes, que era cosa monstruosa ver las cabezas, según eran grandes y los cabellos; que les llegaban a las espaldas. Los ojos señalaban eran tan grandes como pequeños platos. Afirman que no teían barbas, y que venían vestidos algunos de ellos con pieles de animales y otros con la ropa que les dió natura, y que no trajeron mujeres consigo."

Zárate nos dice:

"... manteníanse de las mismas viandas de los indios, especialmente pescado porque eran grandes pescadores; a lo cual iban en balsas, cada uno en la suya, porque no podían llevar más, como navegar tres caballos en una balsa; apeaban la mar en dos brazas y media; holgaban mucho en topar tiburones y bufeos, o otros peces muy grandes, porque tenían qué comer; comían cada uno más que treinta indios, andaban desnudos por la dificultad de hacer vestidos."

Refiere Cieza de León que luego de asentarse en Santa Elena se les presentó el problema:

"como no hallaran agua, para remediar la falta que de ella sentían hicieron unos pozos hondísimos; obra por cierto digna de memoria, hecha por tan fortísimos hombres como se pensase que serían aquellos, pues era tanta su grandeza. Y cavaron estos en la peña viva hasta que hallaron el agua, y después los labran desde arriba de piedras de tal manera que manera que durara muchos tiempos y edades; en los cuales; en los cuales hay buena y sabrosa agua y siempre tan fría que es gran contento beberla."

Pero su llegada al lugar pronto engendró problemas con comarcanos, prescindiendo de la versión de Gutiérrez de Santa Clara quien nos narra toda una intriga diplomática, digna de la Italia Renacentista, entre la gente del cacique del valle del Chimo, el Inca y los gigantes, prestaremos oidos a la versión de Zárate:

"Eran tan crueles que sin causa alguna mataban muchos indios de quien eran muy temidos..."

Continúa Cieza de León:

"... todo el mantenimiento que hallaban en la comarca de tierra que ellos podían hallar lo destruían y tanto dicen qeu unos de ellos comían más viandas que cincuenta hombres de los naturales de aquella tierra; y como no bastare la comida que hallaban para sustentarse mataban muchos pescado en el mar con redes y aparejos que según razón tendrían. Vivieron en gran alrrecimiento de los naturales, porque por usar con sus mujeres mataban y a ellos hacían lo mismo por otras causas. Y los indios no se hallaban bastantes para matar a esta nueva gente que habían venido a ocuparles la tierra y señorío, aunque se hicieron grandes juntas para platicar sobre ello; pero no les osaron acometer."

Ni las comitivas del Inca o de los curacas del valle de Chimo lograron calmarlos. Mientras tanto el pecado hizo su aparición entre los gigantes. Continúa Cieza de León:

"Pasados algunos años estando todavía estos gigantes en esta parte, como les faltase mujeres y las naturales no las cuadrasen por su grandeza o porque sería el vicio usado entre ellos, por consejo y inducimiento del maldito demonio, usaban unos con otros el pecado nefando de la sodomía, tan gravísimo y horrendo; y el cual usaban y cometían pública y descubiertamente, sin temor a Dios y poca verguenzas de si mismos. Y afirman todos los naturales que Dios nuestro señor, no siendo servido de disimular pecado tan malo, les envió el castigo conforme a la fealdad de su pecado. Y así dicen que, estando todos juntos en su pecado de sodomía, vino fuego del cielo temeroso y muy espantable, haciendo gran ruido, del medio del cual salió un angel resplandeciente con una espada tajante y muy refulgente, con la cual de un solo golpe mató a todos y el fuego los consumió, que no quedó sino algunos huesos y calaveras que paraa memoria del castigo quiso Dios que quedara sin ser consumidas por el fuego."

Hasta acá la leyenda, pero resulta aún más interesante el examinar los testimonios que dan los españoles sobre los restos que fueron encontrados. Dice Gómara:

"Gigantes dicen que hubo (en el PerúGuiño en tiempo de los antiguos cuyas estatuas halló Franciso Pizarro en Puerto Viejo, y diez o doce años después se hallaron muy lejos de Trujillo grandísimos huesos y calaveras con dientes de tres dedos en gordo y cuatro en largo que tenían un verdugo por fuera y estaban negros; lo cual confirmó la memoria que de ellos anda entre los hombres de la costa."

Cuenta Zárate:

"Y con todo esto nunca se dió entero crédito a lo que los indios decían cerca de estos gigantes, hasta que siendo teniente de gobernador de Puerto Viejo el capitán Juan Olmos, natural de Trujillo, en el año 1534 y oyendo todas estas cosas hizo cavar en aquel valle, donde hallaron costillas y otros huesos, que si no parezían juntas las cabezas no parecía creible ser de seres humanos; y así hecha la averiguación y vistas las señales de los rayos de las peñas, se tuvo por cierto lo que los indios decían; y se enviaron a diversas partes de Perú algunos dientes que allí se hallaron, que tenía cada unos tres dedos de hancho y cuatro de largo. Tienen por cierto..."